En defensa
de la palabra
Por Miguel Ángel Sánchez de
Armas
Juego de Ojos
Hace 36 años, el entonces gobernador-cacique de Guerrero,
Rubén Figueroa, lanzó amenazas contra Manuel Buendía nada menos que en la sede
del Poder Ejecutivo después de una audiencia con el presidente José López
Portillo. En respuesta, una impresionante movilización ciudadana y profesional
se congregó alrededor del periodista en un desayuno en el antiguo hotel Del
Prado el 17 de julio de 1979.
Ahí, ante sus
pares y frente a una multitud de lectores que desbordaba el salón, con serena
emoción don Manuel dijo:
“Allá, en los pueblos del interior, es donde
el periodismo requiere auténtica valentía personal, porque las banquetas son
demasiado estrechas para que no se topen de frente -por ejemplo- el periodista
y el comandante de policía de quien aquél hizo crítica en la edición de esa
misma mañana. Aquí la incomodidad más seria que sufrimos es la de no encontrar
mesa en nuestro restaurante favorito de la Zona Rosa.
“Allá, en los Estados, donde los
estrechísimos círculos del poder local acogotan la economía de los editores
combativos y pretenden lastrar el desempeño de los escritores comprometidos, el
ejercicio del periodismo reclama una entereza excepcional. Aquí, donde las
dicotomías del sistema se dan tan próximas a nosotros, de algún modo podemos
arreglárnoslas para que los rayos no caigan precisamente sobre nuestro propio
paraguas. Allá, donde las pequeñas comunidades de colegas pueden ser sometidas
con la relativa facilidad por el puño del cacique regional, el grito de un
reportero que ha recibido una paliza apenas se escucha afuera de sus propios
dientes…si es que le quedan.
“Aquí, en la monstruosa caja de resonancia
de la metrópoli, se da -como fruto de la pertinaz acción de las individualidades o de los
clubes, del Sindicato y de otras agrupaciones como la de los Periodistas
Democráticos- se da, repito, el hecho espléndido de una comunidad periodística
cada vez más amplia, más integrada, más solidaria. Y dentro de este ámbito, ya
no hay reportero, comentarista, fotógrafo o camarógrafo que se sienta solo, si en legítimo ejercicio de su profesión sufre
agresiones físicas o morales, amenazas y cualquier otra suerte de manifiesta o
larvada represión.”
* * *
Cada año, en estas
fechas, publico la misma columna. Sólo actualizo el tiempo transcurrido y añado
alguna reflexión. Es la machacona esperanza de que algún día sabremos la verdad
sobre el asesinato de Manuel Buendía Tellezgirón: quién tomó la decisión, quién
organizó el operativo, quiénes consiguieron el arma, planearon la emboscada y
jalaron el gatillo; quiénes protegieron –o eliminaron- a los pistoleros.
¿Los que han purgado
condenas por el homicidio son realmente los responsables? Un juez así lo
consideró y al parecer habría otros motivos para mantenerlos en prisión. El
supuesto autor material niega su participación y el sentido común dice que el o
los autores intelectuales escaparon a la justicia y que la muerte del
periodista fue parte de un complot que por supuesto nadie está en condiciones
de probar.
Si no ley, una constante
de la historia es que los asesinatos políticos nunca se esclarecen del todo. Y
los de los periodistas jamás, ni en el primer ni en el tercer mundo. Acá nos
preguntamos quién mató a Buendía. En Estados Unidos se preguntan quién mató a
George Polk.
Es notable, pero nada
asombrosa, la estupidez de quienes creen que mediante la eliminación de
periodistas pueden protegerse a sí mismos o poner remedio al enojo, al
desasosiego o a la inquietud social. Una y otra vez el resultado es, para
ellos, contraproducente. Porque la memoria y la palabra no pueden ser
asesinadas: Manuel Buendía se transformó en un símbolo cuando aún no exhalaba
el último aliento, lo mismo que Polk.
Ese símbolo es el del
columnismo que sirve a la sociedad y no a quien se cree dueño del espacio en
los diarios. Un día don Manuel escribió: “No entiendo un periodismo sin ideales. Ni el
reporterismo, ni la entrevista, ni el reportaje, ni el artículo, ni la crónica,
ni el editorial, ni mucho menos géneros de tan comprometido ejercicio como la
columna, pueden llevarse a cabo sin un ideal ¿cuál es ese ideal? Servir a
nuestro país con los recursos del periodismo”.
Por fortuna en la
historia encontramos ejemplos de esta forma de pensar. Walter Lippmann fue
considerado el columnista más influyente entre los lectores norteamericanos
durante más de 30 años. Hombre complejo, tenaz y brillante, tuvo, como Buendía,
la conciencia de que su oficio estaba investido de la grave responsabilidad que
da el foro público. Durante la dramática campaña presidencial estadounidense de
1940, al ser cuestionado sobre su posición política, tomó la oportunidad para
una definición: “Los columnistas que se echan a cuestas la tarea de interpretar
los hechos sociales no deben verse a sí mismos como personajes públicos frente
a un electorado frente al cual son responsables”. Y en su columna Today and Tomorrow del New York Herald Tribune escribió:
“Me parece que cuando el
columnista se ve a sí mismo como una personalidad pública, más allá del valor
intrínseco y la integridad de lo que se publica bajo su firma, deja de razonar
con la claridad y la objetividad que sus lectores tienen el derecho de esperar
de él. Cual un político, adquiere una imagen pública que él mismo llega a
admirar. Entonces comienza a preocuparse por preservarla y mejorarla. Y entonces
su vida personal, su autoestima, sus lealtades, sus intereses y ambiciones se
vuelven indistinguibles de su juicio sobre los hechos sociales.
“En treinta años de
periodismo creo haber aprendido a conocer los despeñaderos de la profesión. Y
dejando de lado las formas más toscas de la corrupción –como el beneficiarse de
información confidencial, exaccionar favores a quienes tienen el poder para
darlos y hacerse esclavo de la moda- la más insidiosa de todas las tentaciones
es creerse a sí mismo un actor público en el escenario de la sociedad más que
un atento escritor de artículos periodísticos sobre algunas de las cosas que
suceden en el mundo.
“Mi postura es que escribo
sobre asuntos sobre los cuales creo tener algo que decir, pero como persona no
soy nadie de particular importancia. No soy un consejero áulico o un asesor
general de la humanidad, y ni siquiera de aquellos que ocasional o
frecuentemente leen lo que escribo. Éste es
el código que sigo. Lo aprendí de Frank Cobb, quien durante el largo año
de su agonía una y otra vez me aleccionó sobre el hecho de que más periodistas
habían sido arruinados por la egolatría que por el licor. Y él había tenido la
oportunidad de estudiar los efectos de ambas clases de intoxicación.
“El escritor individual
no es un personaje público; o por lo menos no debería serlo. Tampoco es una
institución ni el repositorio de la ‘influencia’ ni del ‘liderazgo’. Es un
reportero y un comentarista que pone ante sus lectores sus hallazgos sobre los
temas que ha estudiado y así deja las cosas. No puede abarcar el universo, y si
comienza a imaginar que ha sido llamado a tal misión universal, pronto dirá
menos y menos sobre más y más cosas hasta que finalmente comience a decir nada
sobre todo”.
* * *
Después de esta luminosa
cita de Lippmann, reproduzco mi columna de cada año:
Hace 31 años murió
asesinado Manuel Buendía Tellezgirón.
Aquel 30 de mayo de 1984
fue miércoles. Por la tarde, el autor de “Red Privada” -la columna cuyo nombre
se ha hecho sinónimo de lo mejor de nuestro periodismo- abandonó la oficina que
rentaba en un viejo edificio de Insurgentes, a la altura de la Zona Rosa en la
ciudad de México, y se dirigió al estacionamiento público en donde guardaba su
auto. Ahí, en la puerta, fue emboscado. Un sicario lo ultimó de cinco tiros por
la espalda.
El día pardeaba.
Vehículos y peatones congestionaban la principal avenida de la capital. El
crimen, frente a testigos, fue en realidad una ejecución, una advertencia. Las fotografías
del cadáver de Buendía sobre la acera dieron la vuelta al país y al mundo: en
aquel México, tal era el fin que aguardaba a los practicantes de un periodismo
crítico, analítico y, sobre todo, independiente.
Veintiocho años han
transcurrido y mucha agua ha pasado bajo nuestros puentes. Hoy reconfirmamos
que la muerte de Buendía fue ejemplar, pero no en el sentido en que quisieron
sus asesinos. Un instante después de la primera oleada de dolor y miedo, en el
periodismo mexicano se refrendó el compromiso con la libertad. Y conforme pasan
los años, nuevas generaciones de periodistas encuentran en Manuel Buendía un
ejemplo de ética, valentía y rigor profesional y personal. Don Manuel sigue
entre nosotros por la sencilla razón de que la esencia del periodismo en el que
él creía sigue siendo la misma.
Recuerdo a Buendía de
muchas formas. Su cálida amistad y el sentido de humor con que engalanaba su
trato. La solidaridad y el culto a la amistad. Su profunda convicción de estar
transitando por el mejor de los caminos profesionales. Una vez escribió: “Ni siquiera el último día de su vida, un
verdadero periodista puede considerar que llegó a la cumbre de la sabiduría y
la destreza. Imagino a uno de estos auténticos reporteros en pleno tránsito de
esta vida a la otra y lamentándose así para sus adentros: ‘Hoy he descubierto
algo importante, pero... ¡lástima que ya no tenga tiempo para contarlo!’”
Un hombre comprometido y
eficaz. Un periodista preocupado por definir el oficio: “El periodismo no nos
permite vivir de ‘lo que fue’, de ‘lo que el viento se llevó’. Al contrario:
nos obliga a vivir para lo que es. Un periodista no puede permitir que sus
amigos le organicen, como a un pintor, exposiciones retrospectivas.
“Tampoco podemos
arrullarnos, como las viejas actrices, en la nostalgia del álbum fotográfico o
en el recuerdo de aquellas marquesinas que bordaban nuestro nombre con foquitos
de colores. Ni andamos por ahí como los veteranos de una guerra ya olvidada,
luciendo antiguas condecoraciones y un atuendo pasado de moda.
“Los periodistas, como
el combatiente sin relevo, vivimos y morimos con el uniforme de campaña puesto
y el fusil humeante entre las manos.
“Dicho de otro modo
menos melodramático: los militantes del periodismo -por vocación y por destino-
tenemos que ser, aquí y ahora; y para
nosotros ser significa publicar,
hacernos oír, ya sea desde una gran cadena de periódicos, o en una modestísima
revista provinciana y hasta en una simple hoja volandera.
“Mi homenaje, pues, a
tantos colegas que no alcanzan fama ni honores, pero que jamás han desertado
del deber profesional un solo día”.
Hay hombres que forjan
sus propias leyendas. En el periodismo de vez en cuando surgen figuras que
rompen los moldes no como un reto, sino porque ello es parte misma de su naturaleza.
Manuel Buendía fue de esa estirpe. Lo recordamos siempre.
Manuel Buendía
fue asesinado seis meses después de publicado su libro La CIA en México. Mi ejemplar tiene una hermosa dedicatoria
en la recia letra de su autor: “Para Miguel Ángel, cuyo afecto para mí se
vuelve fortaleza de ánimo en la lucha cotidiana de un combatiente por México”.
Más de tres
décadas después, don Manuel Buendía no descansa en paz. Su muerte clama
justicia, pero su ejemplo nos sigue iluminando.
@sanchezdearmas
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