La mano de Dios


Miguel Ángel Sánchez de Armas




Unos días después del sismo de 1985 recibí la llamada de un pariente quien me dijo que “la familia” había decidido abandonar la ciudad de México. “La mano de Dios movió la tierra”, expresó con toda seriedad. “Se está cumpliendo una de las profecías del Apocalipsis y todos, tus tíos, tus tías, tus primos y primas, nos vamos. Me comisionaron para comunicarte esto e invitarte, aunque supongo que tu ateísmo materialista te mantendrá ciego a lo que sucede en el mundo”.
Me quedé sin habla. ¿Ateo yo, el más guadalupano de los guadalupanos? ¿Materialista yo que tuve mi primer vocho usado a los 25? No quise discutir con mi pariente, un flamígero soldado de Cristo Rey. Me limité a preguntar:

“¿Y a donde piensan huir de la mano de Dios?”

“¡A San Luis Potosí!”, fue la cortante respuesta. “Y si no nos vas a acompañar, por lo menos ve a confesar”.

Le di las gracias por ocuparse de mi salvación. Dije que San Luis me parecía un excelente lugar para escapar a los designios del Altísimo y colgué.


Un año después los hijos de mi pariente estaban de regreso en la Gran Ciudad y en unos meses más el éxodo familiar se había revertido –con mi pariente en el cabús y su fe en las profecías del Apocalipsis bastante disminuida.


Recordé el incidente el pasado fin de semana cuando ordenaba mis archivos. A lo largo de la historia el hombre ha visto en las grandes catástrofes una expresión de la ira divina y un castigo a los pecados de la humanidad. Desde la destrucción de Sodoma y Gomorra hasta el tsunami de hace pocos años, muchos se convencen de que el creador, o los creadores, finalmente se han hartado de sus criaturas. Pero casi sin excepción, el tiempo sana ese miedo. Los sobrevivientes de la inundación regresan al mismo lugar, el vecindario arrasado por el terremoto se vuelve a poblar, la línea aérea que perdió un “Jumbo Jet” vende pasajes nuevamente, las playas infestadas de tiburones reciben a miles de vacacionistas la siguiente temporada y en las próximas elecciones votamos por el mismo pillo que nos estafó o que no cumplió las promesas de su anterior campaña. No cabe duda de que en la desmemoria tenemos un poderoso mecanismo de anestesia emocional.


Veamos algunos ejemplos tomados al azar de mi archivo:

El 27 de diciembre de 1908 un sismo de 7.5 grados devastó Sicilia. Más de cien mil muertos, la mayoría en los incendios que siguieron al temblor, fue el saldo trágico. La ciudad de Mesina quedó reducida a escombros. El estrecho de Mesina se desbordó y las aguas se llevaron incontables aldeas. Al año siguiente la ciudad se había reconstruido y los sobrevivientes continuaban con su vida “normal”.


El 26 de diciembre de 1939 otro sismo, éste de 8 grados, azotó la región de Anatolia oriental en Turquía. Doce ciudades y 80 pueblos fueron destruidos. Muchos de quienes huyeron al campo murieron congelados en las temperaturas de 22 grados bajo cero. El saldo final estimado fue de 42 mil muertos. Los pobladores regresaron a reconstruir sus hogares. Un año y medio antes en esa misma zona había temblado durante toda una semana.


El 3 de abril de 1947 se incendió el hospital St. Anthony’s en Effingham, Illinois. Decenas de pacientes saltaron por las ventanas. Ocho bebés murieron en el cunero y nueve ancianos del pabellón geriátrico. El saldo final fue de 74 víctimas. El nosocomio carecía de salidas de emergencia y sistemas contra incendio adecuados.


Unos días después, el 15 de abril del mismo año, en el puerto de Texas City, el “Grand Camp”, un transporte francés cargado con nitrato de amonio, estalló. Las llamas se propagaron a una planta química. Hubo daños en un área de 160 kilómetros cuadrados y entre 600 y 1,200 personas murieron. En los años siguientes los afectados y los deudos libraron una feroz batalla legal... mientras reconstruían su ciudad.


El 10 de abril de 1979, trece tornados hicieron trizas grandes extensiones de Texas y Oklahoma. Miles de hogares quedaron reducidos a los cimientos a lo largo del día que quedó en la historia como el “Martes negro”. Por lo menos 57 muertos y más de 800 heridos fue el saldo. La comarca quedó regada con el escombro de autos, árboles, casas, tiendas, anuncios y ropa que los vientos arrastraron a decenas de kilómetros. En los meses siguientes los pobladores se enfrentaron a las aseguradoras para reconstruir sus moradas... en la misma zona.


El 1 de febrero del 2003 el trasbordador Columbia se desintegró sobre Texas durante el reingreso a la atmósfera terrestre. Los siete miembros de la tripulación perdieron la vida. Hubo expresiones de duelo en todo el mundo. Los programas espaciales no se suspendieron.


¿La mano de Dios? ¿El calentamiento global? ¿Las protestas de nuestro planeta por las heridas que sistemáticamente le infligimos? El lector podrá recodar otras grandes tragedias de nuestros días: el huracán Katrina que borró del mapa a Nueva Orleáns, las hambrunas en el África, el tsunami en el Pacífico Sur... Una y otra vez la vida vuelve a la “normalidad” y una y otra vez aplazamos las medidas para evitar nuevas tragedias. ¿Qué lecciones deberíamos obtener de esto?








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