I told you so!


Miguel Ángel Sánchez de Armas



Ahora todo es crujir de huesos y rechinar de dientes, pero ni Bush, ni Rumsfeld, ni Condolezza ni la nomeklatura del Partido Republicano pueden decir que no les advertí a tiempo: el único muro que en la historia de la humanidad ha tenido algún sentido fue el de Pink Floyd.

A fines de mayo pasado aquí mismo dije:
“Es una lástima que yo no sea uno de esos famosos conciliadores internacionales que viajan de un lado a otro para desfacer entuertos y conflictos y cobran en dólares. Si lo fuera, y la OEA o por lo menos el TIAR me patrocinaran, en quince minutos arreglaría ese tonto diferendo sobre muros, guardias nacionales, migrantes indocumentados y uso exclusivo del inglés”.

Después ofrecí, a título no oneroso, una clase de historia. Comencé con el ingenuo Qin Shi Huang y la muralla que levantó para detener a los nómadas y que ya sabemos para qué sirvió, aunque hoy es la única construcción humana que se aprecia a simple vista desde la estratosfera; seguí con las necedades de Hindenburg y Maginot, cuyos muros impenetrables fueron la tumba de millones de jóvenes y concluí con la pared de cuarta generación que guillotinó a Berlín para resguardar de la decadencia occidental a las masas trabajadoras... hasta que una turba iluminada la hizo picadillo y los trozos se vendieron como reliquias. Di punto final a mi lección con esta ominosa advertencia: “Cuando quienes querían ser contenidos decidieron que era tiempo de avanzar, sencillamente tomaron otro camino, porque los muros y las murallas tienen el pequeño inconveniente de ser estáticos.”

Mas los primos no sólo no me hicieron caso, sino que cometieron todos los errores posibles y ahí están los resultados. Nadie les dijo que insertar en el imaginario colectivo un símbolo tan fuerte como el de un muro polarizaría al electorado latino. Creo que el 100 por ciento de los hispanos que votaron por el Partido Republicano en la pasada elección cambiaron su preferencia a consecuencia directa de una alegoría atemorizante y ofensiva (el muro) cuya concreción en la realidad estuvo desde siempre en veremos y cuya eficacia potencial podría compararse con la de la legendaria carabina de Ambrosio. ¿Qué necesidad, pues?

Esto ya no tiene remedio. La risa forzada de George Walker y la mirada de “¿No que no?” de Nancy Pelosi en la foto oficial en el Despacho Oval lo dice todo. La debacle republicana está a la vuelta de la esquina, como también lo anticipé en este modesto espacio: “Al final [los electores se alzarán] en armas y en las siguientes elecciones el Partido Republicano pagará las consecuencias. Entonces, ya desde una posición de fuerza, nos sentamos a negociar en serio con los demócratas los términos de una nueva relación.”

Pero confieso que me quedé corto. Ahora resulta que el gobernador de Iowa, estado que ni en Texas saben donde está, quiere ser el próximo Presidente de los EU, que un mormón con 16 nietos va a dirigir el Senado, que una señora de apellido capilar será la primera mujer al frente de la Cámara de Diputados, que en la primera probadita del nuevo orden de cosas, los legisladores le aplicaron a Bush la Mexican formula (versión modernizada de la venganza de Moctezuma) y vetaron el nombramiento del nuevo embajador ante las Naciones Unidas, que un ayatolah anda metiendo su cuchara en los asuntos internos estadounidenses y que Al Qaeda amenaza con instalar un Califato islámico nada menos que en la Casa Blanca. Como nunca, hoy queda como anillo al dedo la paráfrasis de la inmortal frase de Benedetti: “¿De qué se ríe, señor Presidente?”

Si en el mundo hubiese justicia, mañana mismo me estarían buscando del estado mayor calderonista para ofrecerme una plaza de consejero. Pero mucho me temo que mi abuela tiene razón y que tampoco ahora habré de ser profeta en mi tierra.


¿Para qué sirve la literatura? V

Hace justo 62 años, el 25 de octubre de 1944, en el desván de una casa en Amsterdam en donde su familia se ocultaba de los nazis, una linda adolescente judía escribió la última entrada de su diario. Anne Frank nos legó un sobrecogedor testimonio de aquel tiempo de canallas. Las páginas de su memoria y su vida misma nos llegan hoy con dolor que no se adivina en la apretada y pulcra caligrafía. “Rosas terrenas” llamó Carol Ann Lee a esas hojas cuya lectura es hoy una luz en esa negra noche que para tantos pareció no terminar jamás.

Los boches de la Gestapo que allanaron el escondite y mandaron a los Frank al campo de concentración robaron todo lo de “valor” que encontraron a su paso. Los libros y revistas quedaran en el suelo, pisoteados. Al día siguiente, dos amigos de Anne, Miep y Eli Jong, encontraron el diario entre los escombros y lo pusieron a salvo. Las siguientes generaciones quedamos en deuda con esos jóvenes.



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